Se decía hace unos años, en el barrio en donde vivo, que por las noches aparecía un jinete sin cabeza. Los testigos más frecuentes del espeluznante jinete eran los estólidos beodos de la esquina. El rumor llegó a ser tan cierto que se contrató a un altarero que se encargó de construir uno a la Virgen de Guadalupe, para que nos "protegiera" de aquel visitante mefistofélico. Mis vecinas, la mayoría de ellas estultas, organizaban rosarios y preces. Incluso, el sonido habitual de La qué buena fue sustituido por música eclesiástica. Cuando salía por alguna razón cualquiera de mi casa, los callejones, antes peligrosos, ahora parecían coloridos carnavalescos religiosos. Los mismos personajes que antes pedían dinero para "ayudar a la banda" ahora eran los veladores de nuestra protección.
Por primera vez en muchos años el barrio se sentía unido. No era que el lugar hubiera mejorado, simplemente las personas estaban enfocadas en el mismo ideal: ahuyentar aquella fantasmal aparición.
Un día cualquiera, mientras regresaba de un jolgorio, escuche a lo lejos un sonido similar al galopar de un caballo. Evidentemente no me alarmé, sabía perfectamente de dónde venía el sonido. En ese momento comprendí que nuestro mefistofélico jinete no era más que mi pequeño perro cocker spaniel. llamado Rosny, rascando el piso de su casa con una furia inaudita; él lo hacía todas las noches.
No le dije a nadie mi descubrimiento y el barrio siguió folcloricamente religioso unos años más, hasta que mi perron amigo se reunió con el jinete sin cabeza en el más allá.